JESUCRISTO LE DIJO: "VUELVE A TU CASA Y CUÉNTALE TODO LO QUE DIOS HA HECHO POR TI. LUCAS 8:39

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VILMA   Nací en 1961 en Cuba. Desde pequeña tuve problemas de salud que me causaban complejos. Crecí sin ser feliz, sin sentirme querida y c...

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miércoles, 4 de marzo de 2026

RAHAB, la prostituta antepasada de JESUCRISTO

De la muralla de Jericó a la genealogía de Jesús  


Josué, capítulo 2:

1Y Josué, hijo de Nun, envió desde Sitim dos espías secretamente, diciéndoles: Andad, reconoced la tierra, y a Jericó. Y ellos fueron, y entraron en casa de una mujer ramera que se llamaba Rahab, y posaron allí. 2Y fue dado aviso al rey de Jericó, diciendo: He aquí que hombres de los hijos de Israel han venido aquí esta noche a espiar la tierra. 3Entonces el rey de Jericó, envió a decir a Rahab: Saca fuera los hombres que han venido a ti, y han entrado en tu casa; porque han venido a espiar toda la tierra. 4Pero la mujer había tomado los dos hombres, y los había escondido; y dijo: Verdad que hombres vinieron a mí, mas no supe de dónde eran. 5Y a la hora de cerrar la puerta, siendo ya oscuro, esos hombres salieron, y no sé a dónde se han ido; seguidlos aprisa y los alcanzaréis. 6Mas ella los había hecho subir al terrado, y los había escondido entre manojos de lino que en aquel terrado tenía puestos. 7Y los hombres fueron tras ellos por el camino del Jordán, hasta los vados; y la puerta fue cerrada después que salieron los que tras ellos iban.

8Y antes que ellos durmiesen, ella subió a ellos al terrado, y les dijo: 9Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país desmayan por causa de vosotros. 10Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros, cuando salisteis de Egipto, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido. 11Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón; ni ha quedado más ánimo en hombre alguno por causa de vosotros: porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra. 12Os ruego pues, ahora, que me juréis por Jehová, que como he hecho misericordia con vosotros, así la haréis vosotros con la casa de mi padre, de lo cual me daréis una señal segura; 13y que salvaréis la vida a mi padre y a mi madre, y a mis hermanos y hermanas, y a todo lo que es suyo; y que libraréis nuestras vidas de la muerte. 14Y ellos le respondieron: Nuestra alma por vosotros hasta la muerte, si no denunciareis este nuestro asunto; y cuando Jehová nos hubiere dado la tierra, nosotros haremos contigo misericordia y verdad.

15Entonces ella los hizo descender con una cuerda por la ventana; porque su casa estaba a la pared del muro, y ella vivía en el muro. 16Y les dijo: Marchaos al monte, para que los que fueron tras vosotros no os encuentren; y permaneced escondidos allí tres días, hasta que los que os siguen hayan vuelto; y después os iréis por vuestro camino. 17Y ellos le dijeron: Nosotros quedaremos libres de este juramento que nos has hecho jurar. 18He aquí, cuando nosotros entremos en la tierra, tú atarás este cordón de grana a la ventana por la cual nos descolgaste; y tú juntarás en tu casa a tu padre y a tu madre, a tus hermanos y a toda la familia de tu padre. 19Cualquiera que saliere fuera de las puertas de tu casa, su sangre será sobre su cabeza, y nosotros seremos sin culpa. Mas cualquiera que se estuviere en casa contigo, su sangre será sobre nuestra cabeza, si mano le tocare. 20Y si tú denunciares este nuestro asunto, nosotros seremos libres de este tu juramento con que nos has hecho jurar. 21Y ella respondió: Sea así como habéis dicho. Luego los despidió, y se fueron; y ella ató el cordón de grana a la ventana.


Josué, capítulo 6:

22Mas Josué dijo a los dos hombres que habían reconocido la tierra: Entrad en casa de la mujer ramera, y haced salir de allá a la mujer, y a todo lo que fuere suyo, como lo jurasteis. 23Y los jóvenes espías entraron, y sacaron a Rahab, a su padre, a su madre, a sus hermanos y todo lo que era suyo; y también sacaron a toda su parentela, y los pusieron fuera del campamento de Israel.


Mateo, capítulo 1

1El libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.

2Abraham engendró a Isaac; e Isaac engendró a Jacob; y Jacob engendró a Judá y a sus hermanos; 3y Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara: Y Fares engendró a Esrom, y Esrom engendró a Aram; 4y Aram engendró a Aminadab; y Aminadab engendró a Naasón; y Naasón engendró a Salmón; 5y Salmón engendró de Rahab a Boaz; y Boaz engendró a Obed de Ruth; y Obed engendró a Isaí; 6e Isaí engendró al rey David; y el rey David engendró a Salomón de la que fue esposa de Urías, 7y Salomón engendró a Roboam; y Roboam engendró a Abía; y Abía engendró a Asa; 8y Asa engendró a Josafat; y Josafat engendró a Joram; y Joram engendró a Ozías; 9y Ozías engendró a Jotam; y Jotam engendró a Acaz; y Acaz engendró a Ezequías; 10y Ezequías engendró a Manasés; y Manasés engendró a Amón; y Amón engendró a Josías; 11y Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo en que fueron expatriados a Babilonia.

12Y después que fueron traídos a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel; y Salatiel engendró a Zorobabel; 13y Zorobabel engendró a Abiud; y Abiud engendró a Eliaquim; y Eliaquim engendró a Azor; 14y Azor engendró a Sadoc; y Sadoc engendró a Aquim; y Aquim engendró a Eliud; 15y Eliud engendró a Eleazar; y Eleazar engendró a Matán; y Matán engendró a Jacob; 16y Jacob engendró a José, esposo de María, de la cual nació Jesús, quien es llamado Cristo.

17De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce generaciones; y de David hasta la expatriación a Babilonia son catorce generaciones; y desde la expatriación a Babilonia hasta Cristo son catorce generaciones.

18El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando María su madre desposada con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo, 19y José su marido, como era un hombre justo y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. 20Y pensando él en esto, he aquí el ángel del Señor le apareció en un sueño, diciendo: José hijo de David, no temas recibir a María tu esposa, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. 21Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS; porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.


jueves, 12 de febrero de 2026

TU JESÚS DEBE SER VERDADERO

«Buscaba a DIOS con todo mi corazón». 

De niña musulmana, buscaba a DIOS con todo mi corazón. Pero cuanto más intentaba complacerlo, más sentía un vacío en mi interior. Sufría por la ausencia de DIOS.

Un día, al salir de la escuela, escuché a unos jóvenes cristianos que daban testimonio: «Jesús es el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al PADRE sino por él» (Juan 14:6). Este mensaje me conmovió profundamente. De repente, tomé conciencia de la importancia de creer en JESUCRISTO para acercarme a DIOS.

Más tarde, fui a una iglesia. El predicador habló sobre el mismo versículo bíblico que había escuchado unas semanas antes en la calle. Ese día, creí en JESUCRISTO.


Pero, ¿cómo se lo diría a mis padres? Me daba miedo su reacción.

Un día, rompí mi silencio y les hablé de mi fe en JESUCRISTO. Mi padre me pidió inmediatamente que me fuera de casa. De la noche a la mañana, me encontré sola en las calles de Abiyán (Costa de Marfil). Me preguntaba cómo iba a sobrevivir. Pero una pareja de cristianos me acogió como si fuera su propia hija.


Unos años más tarde, un amigo me animó a retomar el contacto con mi familia.

¡Me parecía imposible! Pero decidí escribirle a mi padre; tan pronto como recibió mi carta, aceptó volver a verme.

Cuando llegué, se dirigió a toda la familia y dijo: «Te pido perdón por todo el daño que te he hecho. A pesar de todas estas pruebas, has seguido creyendo en tu JESÚS. Tu JESÚS debe ser verdadero».

Desde entonces, varios miembros de mi familia creen en el Señor Jesucristo.


Fati (Origen: La bonne semence 2025)

jueves, 2 de octubre de 2025

CON DIOS HAREMOS GRANDES COSAS

« Mi historia con una enfermedad que da miedo »  


Presentía que el año 2019 marcaría un giro en mi vida… pero jamás imaginé que ese giro vendría por una enfermedad.

Todo comenzó en enero: había pasado una semana en casa de mi hijo. Empecé a sentir dolores difusos en la pelvis y en la espalda, fatiga y otros síntomas. No pensé que fuera nada grave, así que no me preocupé.

Sin embargo, como el dolor no dejaba de aumentar, pedí cita con el médico al final del primer trimestre. Me hicieron exámenes de rutina, que resultaron negativos. Entonces el médico me mandó a hacer un escáner.

Cuando el radiólogo leyó los resultados, me fijó una cita urgente para una ecografía en los días siguientes y, sin explicarme por qué, me pidió que consultara rápidamente a un cirujano ginecológico.

Llegó finales de abril: empezaba el verdadero camino de lucha.
Conocí al cirujano, que tras examinarme me informó que tendría que hacerme una biopsia. Esta se realizó el 7 de mayo y fue seguida de una resonancia magnética el 20 de mayo. Hasta ese momento, aún no entendía del todo lo que estaba pasando, salvo que era algo serio.

Lo único que me preocupaba era calmar el dolor, que aumentaba cada día más.

El 25 de mayo volví a ver al cirujano, que ya tenía los resultados de la biopsia y de la resonancia.
Me dijo:
«Tiene un cáncer de cuello uterino avanzado. Los ganglios están afectados, así como otros dos órganos. No podemos operar: sería demasiado arriesgado. No quiero darle falsas esperanzas.»

El veredicto había caído.
Salí de su despacho llorando… tenía 57 años.

Entonces recordé las palabras de Jesús a Pedro:
«En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás tus manos, y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras.» (Juan 21:18)
No sé a dónde me llevará todo esto, pero debo seguir adelante. La situación se me escapa por completo. De algo estoy segura: debo elegir cómo voy a avanzar.
Quiero ver al Señor Jesús en toda su hermosura, incluso en medio de esta prueba.

También pienso en los amigos de Daniel, que respondieron al rey:
«Nuestro Dios, a quien servimos, puede librarnos del horno de fuego ardiente, y nos librará de tus manos, oh rey. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has levantado» (Daniel 3:17-18).

Está claro que no debo permitir que la desesperanza se instale y venza mi fe.

Al llegar a casa, después de abrazar fuertemente a mi mamá y llorar con ella, subí a mi habitación y comencé a hablar con el Señor Jesús. Luego envié un mensaje al pastor para contarle lo sucedido. Al recibirlo, me llamó de inmediato. Estaba impactado, pero me dijo que es en la adversidad cuando se puede ver la gloria de Dios. Y es tan cierto.

Le expliqué que no quería compasión y que, al principio, prefería que pocas personas estuvieran al tanto de mi situación. Él oró por mí.

El 18 de junio fui hospitalizada para una linfadenectomía lumboaórtica (limpieza de ganglios) y para colocarme una cámara implantable, que serviría para la administración del tratamiento de quimioterapia. Me dieron una baja médica de un mes, pero esta se prolongaría durante un año y medio.

Más adelante conocí a la oncóloga, que organizó mi tratamiento: quimioterapia, radioterapia y luego braquiterapia en el Instituto Gustave Roussy.

Mientras tanto, cada vez me costaba más sobrellevar el dolor, que llevaba meses acompañándome, día y noche. Solo desaparecería después de algunas sesiones de radioterapia.
Una hermana de mi iglesia, farmacéutica, me dio buenos consejos para combinar los analgésicos y evitar sobredosis.

A partir de ahí, mi recorrido estuvo marcado por numerosas resonancias, PET-SCAN, escáneres, visitas médicas, análisis, etc.

Comencé la quimioterapia con cisplatino (un medicamento muy tóxico para los riñones) y, paralelamente, la radioterapia, en julio. También me administraban inyecciones de cortisona para reducir los efectos secundarios. Todo esto duró hasta agosto.

A mediados de septiembre, después de quince días de pausa, fui enviada al Instituto Gustave Roussy, en Villejuif, para la braquiterapia.
Este tratamiento se realizó durante cinco días y cuatro noches, en los cuales no podía levantarme en absoluto; se había previsto todo para adaptar mi dieta.

Aparte del personal médico, paramédico y de limpieza —que pasaba cada media hora, día y noche, cuando la máquina no estaba emitiendo radiación— no recibí ninguna visita.
Teniendo en cuenta la distancia y el tiempo, preferí pedir a mis familiares que no se desplazaran.

A finales de septiembre de 2019, el tratamiento terminó.

Los controles médicos regulares se extendieron hasta el año 2025, cuando volví a ver al cirujano que me había operado para retirarme la cámara implantable.

He decidido contar de manera breve la enfermedad y su tratamiento, porque detrás de estas líneas se esconde un camino de vida en la victoria aún más importante: un camino que da testimonio del Amor de Dios por mí, y también por el mundo.

Después de salir de la clínica, llamé a mi mamá para darle la noticia. Luego fui a hacer las compras que tenía previstas en ese barrio, conteniendo las lágrimas.

Mientras caminaba, mis pensamientos se atropellaban:
¿Cómo se lo voy a decir a los demás?
¿Seré capaz de soportar la mirada de otros? (Tenía miedo de enfrentarme a la lástima, lo que podría ser fatal para mi fe).
¿Habrá algún pecado que no haya confesado al Señor Jesús?
¿Por qué Dios permite esto?
¿Voy a morir?

Como ya compartí antes, tuve que tomar una decisión clara: cómo iba a vivir este período, cualquiera que fuera el resultado.
El primer paso fue examinar si había algo que pudiera interferir en mi relación con Dios.

Los primeros días fueron difíciles: yo quería aferrarme a la vida, pero el dolor, que cada vez me costaba más aliviar, me recordaba constantemente que había un problema.
Eso hacía surgir pensamientos negativos en mi interior.
Tenía que luchar, porque esta batalla era espiritual.

¿Confiaba realmente en Dios?
Si era Su voluntad llevarme en ese momento, ¿estaba preparada?
¿Aceptaba Su voluntad?

Le dije a Dios que aceptaba la muerte, siempre y cuando eso significara estar con Él.
Desde ese día, pude vivir este período de una manera completamente diferente.

Mi cuerpo se deterioraba por dentro, mis fuerzas disminuían con las inyecciones de quimioterapia, y sufría efectos secundarios por los tratamientos… pero tenía paz.

Seguí asistiendo a las reuniones de la iglesia casi hasta el final y, a pesar del enorme cansancio causado por la quimio, ponía todo mi corazón y todas mis fuerzas en alabar a Dios.
Mi vida como hija de Dios no se había detenido.
El Señor siempre me dio la capacidad de continuar.

Cuando no tenía ni ganas ni fuerzas para orar, Dios estaba allí, en mi corazón, con Su Palabra que me animaba y fortalecía; siempre llegaba justo a tiempo.
Me sentí sostenida.

Mi mamá y los hermanos amados de mi congregación oraron por mí, se interesaron, me ayudaron con tareas prácticas, vinieron a cantar alabanzas a casa; los jóvenes también me visitaron.

El personal médico que conocí siempre mostró gran amabilidad, y el taxi-ambulancia que me llevó en dos ocasiones al Gustave Roussy fue también una ayuda valiosa.

Cuando me cruzaba con otros pacientes, me sentía profundamente privilegiada de poder atravesar el valle de sombra de muerte sin temer ningún mal, porque Jesucristo estaba conmigo. (Salmo 23:4)
A diferencia de aquellos que no tenían esperanza.

Es doloroso constatar que la solución existe, pero que el mundo la rechaza y prefiere permanecer en el sufrimiento.

Muchos ponían su confianza únicamente en los tratamientos.
Pero estos no ofrecían ninguna garantía: si el análisis de sangre salía mal, el paciente debía volver a casa y esperar para ver si la próxima sesión se podía realizar.
Y a veces, la enfermedad volvía o se extendía.
Estas personas vivían así con una verdadera espada de Damocles sobre la cabeza.

Durante todo este tiempo, tuve la oportunidad de testificar de Jesucristo a muchas personas: cirujanos, oncólogos, pacientes, médicos.

Algunos podrían decir:
«¿Dónde está el Amor de Dios en todo esto?»
«Si tu Dios te ama, ¿por qué permitió esta enfermedad?»
«Si Él es todopoderoso, ¡podría haberte sanado!»

Yo, en cambio, vi Su Amor en todas partes — y no puedo contarlo todo, porque sería demasiado largo.

Mi Dios me permitió andar sobre las alturas, entrar en una dimensión de fe, en Su dimensión.
Experimenté que cuando uno se entrega completamente en Sus manos, puede atravesar cualquier cosa, porque es Él quien toma el relevo en nosotros.

Me hizo sentir Su presencia en cada momento (2 Corintios 4:8).
Me dio alegría y paz a pesar de todo.
Pude vivir esta enfermedad sin ser destruida por ella.

Si Él me hubiese sanado sin pasar por el tratamiento —porque, en el fondo, siempre es Dios quien sana— habría sido maravilloso (Salmo 103:3).
Pero entonces no habría conocido esta victoria sobre mí misma, ni habría encontrado a todas esas personas a quienes pude anunciarles la verdadera solución al mal: Jesucristo(Juan 3:16-17).

Alguien podría seguir argumentando:
«Pero los tratamientos destruyeron partes de tu cuerpo.»

Imaginen esto: Dios me permitió vivir aquello que la mayoría de los seres humanos teme más… y vivirlo sin quedar destruida.
Mi Dios es soberano e infinitamente sabio. (1 Corintios 1:25)

Es cierto que sufrí pérdidas físicas, lo cual demuestra que el ser humano, en sus límites, no puede producir nada perfecto.
Solo el Creador encarna la perfección.

Pero, a cambio, obtuve tesoros espirituales de gran valor.
Nuestro cuerpo, destinado a la corrupción, se desgasta con el tiempo…
pero nuestro espíritu está destinado a la eternidad. (Mateo 6:19-20)

Dios nos ama, y ha abierto Sus brazos de Amor también para ti, que estás leyendo estas líneas, por medio de Jesucristo.
No dejes pasar una salvación tan grande.


Mireille

lunes, 26 de mayo de 2025

CURACIÓN MILAGROSA : ÉL me salvó la pierna

"en 24 horas, debe considerarse una amputación" Salmo 103:3.   

Cuando tenía 18 años, en 1957, vivía con mi madre y trabajaba en una fábrica de algodón en el norte de Francia.

Un día contraje una grave infección por culpa de un zapato defectuoso. Éramos pobres y mi madre era muy estricta: enfermo o no, había que ir a trabajar. En los días siguientes, el pie se me puso negro y me dolía muchísimo. Incluso vino a buscarme un amigo de mi edad, porque el autobús no podía llevarnos a casa por el riesgo de desprendimiento en las galerías de la mina. Me ayudó a caminar hasta la carretera principal para coger el autobús a la fábrica.

Esa mañana, la capataz se dio cuenta de mi estado y se negó a dejarme trabajar. Me consideraba un trabajador duro, y puso aprendices en mis máquinas antes de enviarme a la enfermería.

Una vez allí, el médico y la enfermera descubrieron que la infección se había extendido a mi ingle; mi pierna estaba gangrenada. Me dijeron que si la infección no remitía en 24 horas, habría que plantearse la amputación: eran muy pesimistas porque en aquel momento los recursos médicos eran limitados.

El personal médico hizo todo lo posible por salvarme la pierna. Recibí tratamiento antibiótico y me sumergieron la pierna y la mantuvieron en agua muy caliente -un método habitual en aquella época- a pesar de que el dolor era intenso. Me tuvieron en la enfermería.

Al día siguiente, recibí el mismo tratamiento y la infección empezó a remitir, lo que dio esperanzas a los cuidadores, que continuaron los tratamientos hasta que me curé.

Dado el estado de mi pierna cuando llegué a la enfermería, me di cuenta de que era milagroso que la hubiera conservado, y me convencí de que había sido Dios quien había intervenido, Salmo 103:3.

Rolande